Here's an excerpt of Spymaster's Lady in Spanish.
Chapter One
Desarmado por un baile
Joanna Bourne
Editorial : Valery
Precio: 16,95€….
Por supuesto, ella estaba dispuesta a morir, pero no
había planeado hacerlo tan pronto o de un modo tan incómodo,
y que llevase tanto tiempo, o que lo haría en manos
de un compatriota.
Se desplomó contra la pared, que era de piedra y muy
sólida, como suelen ser los muros de las cárceles.
—No tengo los planes. Nunca los he tenido.
—Soy un hombre de poca paciencia. ¿Dónde están
los planes?
—Yo no los tengo…
El bofetón llegó sin previo aviso. Durante un instante,
sintió que estaba a punto de caer inconsciente, pero luego se
recuperó, en la oscuridad, dolorida y con Leblanc.
—Te lo has ganado —Él tocó su mejilla, en el punto
donde la había golpeado y la obligó a mirarlo. Lo hizo con delicadeza.
Tenía mucha práctica en hacer daño a las mujeres—.
Continuemos. Esta vez tendrás más ganas de ayudar.
—Por favor, lo estoy intentando.
—Me dirás dónde has escondido los planes, Annique.
—No son más que un sueño de locos, esos planes
Albión. Una quimera. Nunca los he visto —Incluso mientras lo
decía, podía visualizar claramente los planes Albión en su mente.
Había tenido en sus manos las múltiples páginas, los bordes
manoseados, los mapas cubiertos de manchas y huellas dactila-
res, las listas escritas en letra pequeña y cuidada. «No voy a
pensar en esto. Si lo recuerdo, lo verá en mi rostro».
—Vauban te dio los planes en Brujas. ¿Qué te dijo que
hicieras con ellos?
«Me dijo que los llevase a Inglaterra».
—¿Por qué iba a darme planes? No soy una maleta en
la que transportar papeles por el campo.
El puño de él se cerró alrededor de su cuello. Ella notó
cómo el dolor explotaba, un dolor que le cortó la respiración.
Hundió los dedos en la pared y aguantó. Al tener una pared
tan útil a la que agarrarse no caería al suelo.
Leblanc la soltó.
—Vamos a empezar de nuevo, en Brujas. Estuviste
allí. Lo admites.
—Estuve allí, sí. Informé a Vauban. No era más que
un par de ojos que espiaba a los británicos. Nada más. Lo he
dicho una y otra vez.
Los dedos que sujetaban su barbilla aplicaron más
fuerza. Un nuevo dolor.
—Vauban se marchó de Brujas con las manos vacías.
Regresó a París sin los planes. Tuvo que dártelos, Vauban
confiaba en ti.
«Me encomendó una traición». No podía pensar en
eso. No podía recordar.
Hacía un buen rato que tenía la voz ronca.
—Nunca recibimos los documentos. Nunca —Intentó
tragar, pero tenía la garganta demasiado seca—. Mi vida está
en sus manos, señor. Si tuviera los planes Albión, se los ofrecería
para salvarme.
Leblanc habló en voz baja, maldiciéndola. Maldiciendo
a Vauban, que estaba lejos y a salvo.
—El viejo no los escondió. Lo vigilaban muy de cerca.
¿Qué ha sido de los planes?
—Pregunta a tu propia gente, quizás se los llevaron los
ingleses. Nunca los vi. Lo juro.
Leblanc empujó ligeramente con el codo su barbilla
para que alzase el rostro.
—¿Lo juras? Pequeña zorra, te he visto mentir una y
otra vez con esa cara de ángel desde que eras una niña. No intentes
engañarme.
—No me atrevería. Te he servido bien. ¿Crees que soy
tan tonta que he dejado de tenerte miedo? —Dejó que las lágrimas
se asomasen a sus ojos. Era una destreza de lo más
útil, que había practicado con asiduidad.
—Uno casi podría creerte.
«Está jugando conmigo». Apretó los párpados y dejó
que las lágrimas se deslizasen marcando una fría trayectoria
por sus mejillas.
—Casi —Lentamente arañó su mejilla con la uña del
pulgar al seguir la trayectoria de una lágrima—. Sin embargo,
desafortunadamente, no del todo. Creo que serás más sincera
antes de que amanezca.
—Estoy siendo sincera ahora.
—Quizás. Lo hablaremos detenidamente cuando se
marchen mis invitados. ¿Acaso no lo sabías? Fouché asistirá a
mi pequeña velada. Es un gran honor. Viene a verme después
de reunirse con Bonaparte. Viene directamente a verme, para
hablar de lo que ha dicho el Primer Cónsul. Me estoy convirtiendo
en un hombre muy importante en París ahora mismo.
«¿Qué diría yo si fuera inocente?».
—Llévame ante Fouché. Él me creerá.
—Verás a Fouché cuando yo esté seguro de que tu
preciosa boquita está diciendo la verdad. Hasta entonces…
—Alargó la mano hasta el escote de su vestido, para aflojarlo,
deshaciendo el primer lazo—. Harás un esfuerzo por
ser más amable. ¿Entendido? He oído que puedes resultar
de lo más entretenida.
—Yo… intentaré agradarte.
«Sobreviviré a esto. Puedo superar cualquier cosa que
me haga».
—Harás un gran esfuerzo por intentarlo antes de que
termine contigo.
—Por favor —Él quería ver su miedo. Ella se arrastraría
de inmediato, porque era lo más prudente—. Por favor,
haré lo que quieras, pero no aquí. No en una celda sucia con
hombres mirando. Puedo oír sus respiraciones. No me obligues
a hacerlo delante de ellos.
—No son más que los perros ingleses. He encerrado
aquí a algunos espías hasta que me deshaga de ellos —Sus
dedos engancharon la tela áspera del canesú del vestido y tiró de
ella hacia abajo, dejando su cuerpo al descubierto—. Quizás
quiero que miren.
Ella absorbió el mismo aire que él había respirado, un
aire cálido y húmedo, que olía a gaulteria. Su mano se escurrió
dentro del canesú del vestido para sujetar sus pechos. Sus
dedos eran suaves y secos, como astillas de madera y le hizo
daño una y otra vez.
Ella no iba a vomitar encima de la ropa de etiqueta de
Leblanc. Este no era el momento para que su estómago decidiera
sincerarse.
Ella presionó su cuerpo contra la pared que tenía a su
espalda e intentó desaparecer. Era oscuridad, vacío. No existía
en absoluto. Por supuesto, no funcionó, pero era un objetivo en
el que centrar su mente.
Finalmente, él se detuvo.
—Disfrutaré al usarte.
Ella no intentó hablar. No serviría para nada.
Él le hizo daño una última vez, apretando su boca entre
el pulgar y el índice hasta que rompió la piel reseca de los
labios y le dejó el sabor de la sangre en la boca.
—Aún no me has divertido —La soltó de forma brusca.
Ella escuchó el chirrido y el chasquido que produjo al levantar
el farol de la mesa—. Pero lo harás.
La puerta se cerró con estruendo detrás de él. El ruido
de sus pasos se alejó por el pasillo, dirigiéndose por las escaleras
hacia el piso de arriba.
—Cerdo —susurró a la puerta cerrada, aunque ese era un
insulto a los cerdos, que, en general, eran animales amistosos.
Podía oír a los otros prisioneros, los espías ingleses,
que emitían leves sonidos en el otro extremo de la celda, pero
estaba oscuro y ellos ya no podían verla. Se frotó la boca con
el dorso de la mano y tragó la bilis que tenía en la garganta. Se
sentía increíblemente sucia por haber sido tocada por Leblanc.
Era como tener babosas arrastrándose por el cuerpo. Estaba
segura de que no podría acostumbrarse ni lo más mínimo a su
tacto en los días que le quedasen de vida.
Colocó el vestido en su sitio y se dejó caer en el sucio
suelo, sintiéndose abatida. Así que este era el final. La decisión
que la había atormentado durante tanto tiempo, lo que
debía hacer con los planes Albión que le habían sido encomendados,
ya estaba tomada. Toda su lógica y sus razonamientos,
toda la introspección, no habían valido para nada.
Leblanc había ganado. Ella resistiría sus métodos de persuasión
únicamente durante uno o dos días. Luego él arrebataría
los planes Albión de su memoria y solo Dios sabía qué traiciones
avariciosas cometería con ellos.
Su viejo mentor, Vauban, se iba a sentir decepcionado al
saberlo. Él esperaba en su pequeña casa de piedra en Normandía
a que ella le enviase un mensaje. Había dejado que fuera ella la
que tomase la decisión sobre lo que había que hacer con los planes,
pero nunca fue su intención que ella se los diera a Leblanc.
Le había fallado. Había fallado a todo el mundo.
Respiró hondo y expulsó el aire lentamente. Era extraño
saber que las veces que iba a respirar estaban contadas, no
más de diez mil. ¿Puede que cuarenta mil? ¿Cincuenta mil?
Quizás, esa noche, mientras sufría un dolor insoportable, empezaría
a contar.
Se quitó los zapatos, primero uno y luego el otro. Ya había
estado en una cárcel dos veces antes en su vida, las dos fueron
experiencias muy angustiosas. Al menos en esos casos no
estuvo bajo tierra y pudo ver. Su madre había estado con ella,
esa primera vez. Pero esta vez su madre había muerto en un accidente
estúpido, en el que no debería haber muerto ni un perro.
«Mamá, mamá, cómo te echo de menos». No tenía a nadie en
este mundo que pudiera ayudarla.
En la oscuridad, uno se siente muy solo. Ella nunca se
había acostumbrado a eso.
El espía inglés habló, con una voz grave y lenta, que
surgió de la oscuridad.
—Me pondría de pie y la saludaría de forma educada
—Las cadenas hicieron un ruido metálico—, pero me veo
obligado a ser grosero.
El hecho de que la voz del enemigo inglés le pareciese un
afectuoso apretón de manos demostraba lo sola que se sentía.
—Últimamente hay demasiado de eso en mi vida. Mucha
mala educación.
—Da la impresión de que ha hecho enfadar a Leblanc
—hablaba con el rico acento francés del sur del país, sin el
menor rastro de un acento extranjero.
—Al parecer usted también.
—No planea dejar que ninguno de nosotros salga de
aquí con vida.
—Es lo más probable —Se quitó las medias, las guardó
dobladas dentro de la manga para no perderlas y se volvió a
poner los zapatos. Uno no puede ir descalzo. Incluso en la antesala
del infierno uno debe ser práctico.
—¿No deberíamos demostrar que se equivoca?
No sonaba como un hombre resignado a morir, lo que,
a su manera, era digno de admirar, aunque fuera poco realista.
Era un modo muy inglés de ver las cosas.
Ante semejante valentía, ella no podía quedarse sentada
en el suelo y lamentarse. El honor francés exigía que una
francesa se enfrentase a la muerte con el mismo coraje que un
inglés. El honor francés siempre parecía exigir cosas. La valentía
de un cierto tipo era una moneda que ella estaba acostumbrada
a falsificar. Además, el plan que estaba urdiendo
podía funcionar. Quizás podría vencer a Leblanc, escapar del
château y decidir lo que iba a hacer con esos planes Albión
que le habían causado tantos problemas. Puestos a suponer,
quizás a los cerdos les crecerían alas y volarían alrededor de
las agujas de los tejados de toda la ciudad.
El inglés esperaba una respuesta. Ella se puso de pie.
—Me encantaría decepcionar a Leblanc de cualquier
manera posible. ¿Sabe dónde estamos? No pude fijarme
cuando me trajeron, pero espero sinceramente que se trate del
château en Garches.
—Una esperanza curiosa, pero sí, estamos en Garches,
el hogar de la policía secreta.
—Estupendo, en ese caso, conozco este sitio.
—Eso resultará útil. Una vez que hayamos solucionado
lo de estas cadenas —Hizo un ruido metálico—, y lo de la
puerta cerrada. Podemos ayudarnos el uno al otro.
Estaba dando por supuesto demasiadas cosas.
—Siempre queda esa posibilidad.
—Podemos ser aliados —El espía escogió las palabras
cuidadosamente, con la esperanza de poder convencerla para
poder usarla como una herramienta. Dotó a su voz de un
tono aterciopelado. Sin embargo, debajo de la fachada, ella
pudo escuchar una dureza inflexible y una ira considerable.
No había nada que ella no supiera de este tipo de hombres
duros y calculadores.
Leblanc había asumido una carga excesiva para él al
capturar a los agentes británicos de este modo. Era una vieja
costumbre tanto de los servicios secretos franceses como de
los británicos el que los agentes de un bando no mataban a los
del otro de manera sanguinaria. Era una de las muchas reglas
que Leblanc estaba rompiendo últimamente.
Caminó pegada a la pared, palpando las piedras, recogiendo
la gravilla que se había soltado en las juntas y colocándola
dentro de su media para hacer una pequeña cachiporra.
Era un arma fácil de usar cuando uno no podía ver. Una de
sus favoritas.
Se escuchó un susurro que delataba movimiento. Habló
una voz más joven y muy débil.
—¿Hay alguien aquí?
—Solo es una chica que ha traído Leblanc. Nada de lo
que preocuparse —respondió el otro espía.
—¿Más preguntas?
—Aún no. Es de noche. Nos quedan horas antes de que
vengan por nosotros. Horas.
—Bien. Estaré preparado… para cuando se presente
la oportunidad.
—Será pronto, Adrian. Escaparemos. Ten paciencia.
El absurdo optimismo de los ingleses. ¿Quién podía entenderlo?
¿Acaso su madre no le dijo que estaban todos locos?
La cárcel de Leblanc era pequeña y estaba en buen
estado. Apenas había alguna piedra suelta. Le llevó un rato
conseguir que la cachiporra pesase lo suficiente. Ató el extremo
de la media y la guardó en el bolsillo oculto debajo de su
falda. Luego siguió explorando las paredes, sin encontrar
nada interesante. No hay mucho que se pueda descubrir sobre
los espacios que se utilizan como cárceles. Este había sido una
bodega antes de la Revolución. Aún olía a madera vieja y
buen vino además de a otras cosas menos saludables. A la mitad
de la celda, llegó al lugar en el que estaban encadenados los
ingleses. Se detuvo para que sus manos pudieran estudiarlos.
El que estaba tumbado en el suelo era joven, más joven
que ella. ¿Tendría diecisiete o quizás dieciocho años? Poseía el
cuerpo de un acróbata, era una de esas personas menudas, con
un cuerpo compacto. Lo habían herido. Podía oler la pólvora
en su ropa y cómo la herida se estaba infectando. Apostaría
dinero que aún tenía el metal dentro. Cuando paseó los dedos
por su cara, notó que tenía los labios resecos y agrietados y
que ardía de fiebre, tenía mucha fiebre.
Lo habían encadenado a la pared con una cadena excelente
pero con un candado enorme y antiguo. Tendrían que
forzarlo si querían escapar. Buscó en sus botas y en las costu-
ras de su ropa, por si acaso los hombres de Leblanc habían pasado
por alto algún objeto pequeño y útil. Naturalmente, no
había nada, pero uno siempre debe comprobarlo.
—Muy agradable… —murmuró mientras ella movía
sus manos por encima de él—. Luego, cariño. Estoy demasiado
cansado… —Entonces no era tan joven. Había hablado en
inglés. Podía haber una razón inocente por la que un inglés
estuviera en Francia, en ese momento en el que sus países no estaban
exactamente en guerra, pero por lo que fuese, estaba
segura que Leblanc había dicho la verdad. Era un espía—. Tan
cansado —Luego dijo claramente—. Dile a Lazarus que no lo
haré más. Nunca. Díselo.
—Ya hablaremos de eso —dijo ella en voz baja—, luego
—Lo que iba a ser una promesa difícil de cumplir, porque
no esperaba tener mucho tiempo después. Aunque quizás todavía
le quedase más tiempo que a ese chico.
Él intentó sentarse a duras penas.
—El caballero número tres de la reina. Tengo que
irme. Están esperando que entregue al caballero rojo —Estaba
hablando de cosas que no debía decir, estaba casi segura de eso
y él acabaría por hacerse daño si seguía agitándose de ese
modo. Lo empujó con suavidad para que volviera a tumbarse.
Unos brazos fuertes intervinieron.
—Tranquilo. Eso ya está hecho —El otro hombre sujetó
al muchacho, silenciando sus palabras.
No tenía motivos para preocuparse. A ella ya no le interesaba
ese tipo de secretos. En realidad, preferiría no saberlos.
—Díselo a los demás.
—Lo haré. Todos lograron escapar sin problemas.
Ahora descansa.
El chico había dejado caer la jarra de agua al forcejear.
Las manos de ella la encontraron, ésta rodó de costado y estaba
vacía. Estaba completamente seca por dentro. Pensar en
agua hizo que sintiera unas punzadas amargas en la boca. Tenía
tanta sed…
No hay nada peor que la sed, ni el hambre, ni siquiera
el dolor. Quizás el que no hubiera agua para tentarla fuera lo
mejor. Era posible que se hubiera convertido en un animal y
se la hubiera robado a esos hombres, que sufrían más que ella.
Era mejor no saber lo bajo que podía caer.
—¿Cuándo fue la última vez que trajeron agua?
—Hace dos días.
—En ese caso, no podrán esperar mucho más. Leblanc
me dejará con vida durante un tiempo, con la esperanza de
que sea útil y para que pueda jugar conmigo.
«Al final, me matará. Aunque le entregue los planes
Albión, cada palabra, cada mapa y cada lista, aun así me matará.
Sé lo que hizo en Brujas. No puede dejarme con vida».
—Sus hábitos son conocidos.
Era un hombre grande, el espía inglés de voz grave y
dureza de hierro. Sintió una presencia enorme incluso antes
de tocarlo. Sus manos le aportaron más detalles. Este hombre
alto y corpulento había doblado su abrigo para colocarlo debajo
del chico, aceptando esta nueva incomodidad para que su
amigo no estuviera tumbado sobre el frío suelo. Era un coraje
muy británico el que demostraba ese pequeño gesto. Sintió
que estaba concentrado, de forma feroz y protectora, en todo
lo que rodeaba al muchacho, como si su mera voluntad bastase
para mantenerlo con vida. Tenía que ser muy valiente el
que se atreviese a morir llevándole la contraria.
Alzó la mano con timidez y descubrió una tela suave
de lino y unos considerables músculos fibrosos en el pecho;
luego, allí donde se abría el cuello de la camisa, a la altura de la
garganta, tocó su piel, sorprendentemente elástica. Habría
apartado la mano pero él colocó la suya encima, empujándola
hacia el lugar donde estaba su corazón. Sintió bajo la palma de
la mano su latido, sorprendente y vivo. Señal de un gran poder
y fuerza.
—Sé lo que Leblanc le hace a las mujeres. Siento que
haya caído en sus manos. Créame.
—Yo también lo siento mucho —Este parecía interesado
en ser amable con ella. ¿O no era así? Soltó su mano. Ella
lo liberaría, si podía, y luego vería lo encantador que era—.
Estos candados —Sacudió ruidosamente los grilletes de él—,
son una porquería. Una vuelta y podría abrirlos. ¿No tendrá
encima por casualidad un poco de alambre?
Pudo oír la sonrisa en su voz.
—¿Qué cree?
—No esperaba que fuera tan sencillo. La vida no lo es,
lo digo por experiencia.
—La mía tampoco lo es. ¿Leblanc le ha hecho daño?
—No demasiado.
Él tocó su cuello en el punto que estaba dolorido
y magullado.
—Ninguna mujer debería caer en las manos de Leblanc.
Saldremos de aquí. Hay alguna vía de escape, la encontraremos
—Apretó su hombro, con fuerza, para tranquilizarla.
Debía ponerse en pie y revisar la celda. Pero, por alguna
razón, simplemente se quedó sentada a su lado, descansando.
Respiraba muy despacio. Parte del miedo que la había
acompañado durante semanas también había desaparecido.
¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez que alguien le había
ofrecido consuelo? Resultaba muy extraño encontrarlo ahí,
en ese lugar aterrador, de manos del enemigo.
Después de lo que pareció mucho tiempo, se puso en pie.
—Hay otro problema. Su amigo no puede caminar
desde aquí, ni aunque logre librarlo de la cadena.
—Lo conseguirá. Mejores hombres que Leblanc han
intentado matarlo —No todo el mundo habría percibido la
angustia que se escondía tras la superficie de esa voz, pero ella
lo hizo. Los dos sabían que Adrian estaba muriendo. En un
plazo de doce horas, quizás un día más, la herida, la sed y el
frío húmedo de las piedras acabarían con él.
El muchacho habló, enhebrando palabras en un francés
gascón refinado.
—Es un… un pequeño agujero de bala. No es nada —Estaba
muy débil, era muy valiente—. Es el… aburrimiento
infernal… lo que no puedo soportar.
—Si tan solo tuviéramos una baraja de naipes —dijo el
hombre alto.
—Traeré una… la próxima vez.
Estos dos habrían sido unos buenos franceses. Era una
pena que Leblanc fuera a sacarla pronto de esa celda. Una podía
encontrar peor compañía para emprender ese largo viaje
hacia la oscuridad. Al menos estos dos estarían juntos al morir.
Ella estaría completamente sola.
Pero era mejor no hacer conjeturas acerca de cómo iba a
doblegarla Leblanc para que hiciese su voluntad y cómo iba luego
a matarla, puesto que eso solo daría paso a la melancolía.
Era hora de separarse del tacto de este espía inglés y volver a
hacer cosas. No podía permanecer sentada eternamente, esperando
que el coraje se filtrase de la piel de él a la de ella.
Se puso en pie y de inmediato sintió frió. Separarse de
ese hombre había sido como si hubiera salido de un refugio
cálido y familiar. Era de lo más estúpido. No se trataba de ningún
refugio y a ese hombre no le caía demasiado bien a pesar
de la voz suave que utilizaba cuando hablaba con ella. Mantenían
una vigilancia carente de confianza que hacía que se pudiera
cortar el aire que había entre los dos.
Quizás sabía quién era ella, o se trataba de uno de esos
hombres formales que se dedica al espionaje con total seriedad.
Él moriría por su país de un modo de lo más inglés, en ese
lugar mohoso, y la odiaría porque ella era francesa. Entender
el mundo de una manera tan simple era sin duda una característica
propia de los ingleses.
Que así fuera. Daba la casualidad de que ella no era
amiga de los espías ingleses de gran tamaño. Sin lugar a dudas,
una característica propia de los franceses.
Se encogió de hombros, gesto que él no podía ver, y
empezó a tantear el resto de la celda, inspeccionando el suelo
y cada centímetro de la pared, tan alto como podía llegar.
—En el tiempo que llevan aquí, ¿ha venido a la celda
Henri Bréval?
—Un par de veces con Leblanc, una vez él solo, haciendo
preguntas.
—¿Tiene la llave? ¿Él solo? Eso es bueno.
—¿Eso cree?
—Tengo cierta esperanza en Henri —No había ni un
clavo oxidado, ni un fragmento de vidrio. No había nada útil
en ninguna parte. Tenía que depositar sus esperanzas en la
estupidez de Henri, que era casi ilimitada—. Si Fouché realmente
está arriba, bebiendo vino y jugando a las cartas,
Leblanc no se separará de él. Uno no deja de lado al director de
la policía secreta para divertirse con una mujer. Pero Henri…
¿Quién se fija en él? Puede querer aprovechar el momento.
Desea aprovecharse de mí, ya sabe, y hasta ahora nunca ha tenido
ocasión.
—Entiendo —Era la respuesta más evasiva posible.
¿Acaso pensaba que ella acogería de buen grado las intenciones
de Henri? Debía pensar que tenía un gusto horrible.
—Leblanc no deja que mucha gente sepa de la existencia
de este cuarto. Lo que hace aquí es muy secreto.
—De modo que Henri vendrá furtivamente él solo.
Usted planea atacarlo —dijo con voz calmada, como si no fuera
nada fuera de lo normal que ella quisiera atacar a un hombre
como Henri Bréval. Estaba casi segura de que él sabía lo
que ella era.
—No puedo ayudarla —Agitó la cadena que lo ataba—,
a menos que logre que se acerque.
—Henri no es tan idiota. No tanto. Pero tengo un
pequeño plan.
—En ese caso, lo único que puedo hacer es desearle suerte.
Daba la impresión de ser un hombre que entendía claramente
lo esencial del asunto. Podría serle útil una vez que
lograse quitarle las cadenas. Lo que conseguiría cuando uno
de esos cerdos, tal y como reza el dicho, se pusiera a volar.
Al explorar un poco más la celda, se golpeó los dedos
del pie con una mesa, que tan solo tenía encima una cuchara.
También había algunas sillas, que ofrecían más oportunidades.
Estaba extrayendo las clavijas de madera que unían las
partes de la silla cuando escuchó unos pasos.
—Tenemos visita —dijo el inglés alto.
—Lo he oído —Un hombre descendía por las escaleras
que daban a la bóveda. Henri. Tenía que ser Henri. Colocó la
silla correctamente, donde no estorbase, sujetó la cachiporra
con la mano y giró en la dirección en la que venía el sonido de
los pasos. Un escalofrío recorrió su columna, pero tan solo era
el frío de la habitación. No era miedo. No se podía permitir
estar asustada—. Es un hombre. Viene solo.
—¿Cree que es Leblanc o Henri?
—Es Henri. Sus pasos son más pesados. Ahora debe quedarse
callado y no distraerme —rezó para que fuera Henri y
no Leblanc. No tenía ninguna posibilidad contra Leblanc.
El inglés se quedó absolutamente quieto, pero su ira
brutal y controlada se percibía en el ambiente. Era como si detrás
de ella tuviera un lobo encadenado a la pared. Su presencia
no hacía más que llamar su atención cuando era fundamental
que se concentrase en Henri.
Henri. Se humedeció los labios y pensó con desaliento
en Henri, un tema desagradable, pero de gran urgencia.
Había veinte escalones en la pequeña escalera que giraba de
forma ascendente desde la bodega hasta la cocina. Contó los
últimos, escalón por escalón. Luego él llegó al pasillo que
conducía a la celda.
Henri siempre había sido de la opinión de que la reputación
de ella era excesiva. Cuando la trajo todo el largo
trayecto desde París para entregársela a Leblanc, ella había
jugado a hacerse la tonta débil delante de él, suplicando con
humildad que le diera comida y agua, tropezando, haciendo
que él se sintiera poderoso. Se había visto tan limitada en la
oscuridad que él pensaba que era totalmente inofensiva. Había
terminado por menospreciarla.
Si tan solo se acercaba un poco más, descubriría lo
inofensiva que era. Sin duda lo descubriría.
Ella sabía qué miel usar para atraerlo. Interpretaría el
papel de una ramera joven y tonta. Era uno de sus favoritos
desde siempre. Lo había utilizado en cientos de ocasiones.
Se humedeció los labios e hizo un mohín para darles
más volumen, abriendo y cerrando la boca. ¿Qué más podía
hacer? Soltó algunos mechones de cabello por la espalda y alrededor
del rostro. Su vestido ya estaba roto a la altura del escote.
Encontró el lugar y desgarró aún más la tela. Bien. Solo
vería la carne desnuda. Podía tener en la mano una docena de
cachiporras que él nunca se daría cuenta.
Rápido, rápido. Se estaba acercando. Volvió a respirar
hondo y dejó que el papel que iba a interpretar la envolviese,
como si se tratase de un traje conocido. Se convirtió en la ramera.
Complaciente, fácil de amedrentar, perdida en medio
de ese juego de intriga y mentiras. A Henri le gustaban las
víctimas. Ella le ofrecería la víctima más perfecta con la esperanza
de que él picase el anzuelo.
Esperó oculta bajo las múltiples capas que daban forma
al papel de ramera suave e ingenua. Su puño, que sujetaba la
cachiporra, no titubeaba. No iba a permitirse el lujo de tener
miedo. Había jugado esta carta tantas veces que era como una
segunda piel.
Probablemente, en el centro de su ser, debajo de todas
esas mentiras, la verdadera Annique estaba temblando como un
ratón. No iba a echar un vistazo a su interior para averiguarlo.
La ventana enrejada de la puerta resplandeció con una
luz pálida y fantasmagórica, luego se iluminó cuando acercaron
un farol. Grey podía ver de nuevo. Ante él surgieron los
detalles de la celda. Paredes de sillares bastos, una mesa,
dos sillas y la chica.
Ella estaba mirando a la puerta, rígida, en silencio y
completamente concentrada en el hombre que estaba fuera en
el pasillo. No movía ni un músculo, ni un dedo. Sus ojos, enmarcados
en profundas ojeras de agotamiento, estaban entrecerrados
y desenfocados. No miró hacia donde él estaba.
Observó cómo respiraba hondo, sin apartar su atención
de esa pequeña ventana enrejada de la puerta. Sus labios
formaban palabras en silencio, debía estar rezando o hablando
para sí misma. Quizás estaba blasfemando. Pasó de nuevo los
dedos por el cabello, peinándolo con movimientos tranquilos,
decididos y elegantes que hicieron que sus rizos salvajes
y enmarañados quedaran colgando alrededor de su cara.
Era completamente femenina en cada uno de sus movimientos,
con un aire francés impreciso. Con sus rasgos, el
cabello negro, la piel pálida, los ojos de ese color azul añil oscuro,
tenía que ser descendiente de los celtas. Debía provenir
del oeste de Francia; probablemente de Bretaña. Annique era
un nombre bretón. Portaba la magia de los celtas, la usaba
para tejer ese manto de fascinación que solían crear las grandes
cortesanas. Incluso mientras la observaba, ella se humedeció
los labios otra vez y movió su cuerpo de forma sinuosa, deliberadamente,
de manera sensual. Ningún hombre sería capaz
de apartar la mirada.
Había rasgado su propio vestido. La curva de su pecho
creaba un contraste entre el blanco de la piel y la tela oscura,
era una puta que sacaba su mercancía a la venta. Era una puta,
una mentirosa y una asesina… y su vida dependía de ella.
—Buena suerte —susurró.
Ella no se giró. Sacudió rápidamente la cabeza una vez
en un gesto desdeñoso.
—Quédese quieto. No es parte de esto.
Ese fue el último golpe que retorció el cuchillo que le
había clavado en el orgullo. Estaba indefenso. Midió los cincuenta
centímetros de cadena para imaginar hasta dónde llegaría
si daba una patada rápida. Pero Henri no iba a aventu-
rarse tanto. Ella tendría que dominar a Henri Bréval por su
cuenta, sin siquiera un palillo de dientes para luchar contra él.
Se podían ver señales rojas en su piel allí donde Leblanc
la había torturado, y las marcas de las lágrimas en sus mejillas.
No podía haber parecido más inofensiva. Por supuesto, esa
era otra mentira.
Conocía a esta mujer. La había reconocido en el momento
que Leblanc la empujó dentro de la celda y ella entró
tropezándose. Cada rasgo; tenía grabada su cara en la memoria.
La había visto el día que encontró a sus hombres después
de que fueran sorprendidos en una emboscada, con los cuerpos
retorcidos y llenos de sangre, muertos en un campo de
trigo cerca de Brujas. Si le hubiera quedado alguna duda, el
que se mencionasen los planes Albión la habría despejado.
Habían utilizado los planes Albión para atraerlos hacia Brujas.
Estuvo buscando el rastro de esta espía por toda Europa
durante los últimos seis meses. Menuda y maldita ironía encontrarla
aquí.
Se vengaría. Leblanc era un artista en la degradación
del ser humano. La preciosa Annique no tendría una muerte
fácil o limpia y no quedaría nada de esa belleza. Sus hombres
serían vengados.
Si es que salía de ahí… No, cuando saliera de ahí,
Annique iría con él. La llevaría a Inglaterra. Averiguaría cada
pequeño detalle que ella supiese sobre lo que ocurrió en Brujas.
Obtendría de ella los planes Albión. Luego llevaría a cabo
su propia venganza.
«Ella podría ser muy útil al servicio de inteligencia británico.
Además, no dejaría con Leblanc ni a una hiena rabiosa».
El ventanuco se iluminó cuando Henri alzó el farol. Su
rostro pesado y rubicundo se pegó a la rejilla.
—Leblanc está furioso contigo.
—Por favor —La chica perdió las fuerzas de forma visible,
inclinándose para apoyarse en la mesa, con lo que dejaba
al descubierto la suculenta curva de su feminidad atrapada
en el vestido—. Por favor —El tono azul apagado de su vestido
y el corte rudimentario de la prenda señalaban que esa
chica era una sirviente y por tanto accesible. De alguna manera
su cabello despeinado, que caía hacia delante sobre su cara,
había adquirido un toque sensual—. Todo esto es un error.
Un error. Juro que…
Henri sujetó los barrotes con los dedos.
—Al final se lo contarás, Annique. Suplicarás poder
hablar. Sabes lo que él va a hacerte.
Se escuchó un sollozo.
—Leblanc… no me cree. Me hará un daño terrible.
Dile que no sé nada más. Por favor, Henri, díselo —Su voz
había cambiado por completo. Sonaba más joven, menos refinada
de una forma sutil y mucho más asustada. Era una interpretación
propia de un maestro.
—Te hará daño independientemente de lo que yo le
diga —Se recreó Henri.
La chica hundió el rostro en las manos. Su cabello se
derramó como ríos negros entre sus dedos.
—No puedo soportarlo. Él me utilizará… gruñendo
como un animal. No he nacido para dar placer a un campesino.
Lista, muy lista. Supo lo que estaba haciendo. El acento
de Henri señalaba que era un parisino, un hombre de las
calles de la ciudad. Leblanc, a pesar de su superficie cuidada,
era el hijo de un granjero que criaba cerdos, pero era Henri el
que trabajaba para Leblanc.
El rencor de Henri se coló dentro de la celda.
—Siempre fuiste la mascota de Vauban. Vauban y su
equipo de élite. Vauban y sus misiones importantes. Te creías
mucho mejor que el resto de nosotros. Pero esta noche, la supuestamente
especial Annique a la que nadie podía tocar, se
convierte en el juguete ciego con el que jugará Leblanc. Si hubieras
sido amable conmigo antes, quizás estaría dispuesto a
ayudarte a ahora.
—Leblanc se ha convertido en el favorito de Fouché.
Con el apoyo del director de la policía secreta, puede hacer lo
que quiera. Tú no puedes ayudarme. No te atreverías a desobedecerle
—Se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Haré lo
que él desee. No me queda otra alternativa.
—Serás mía cuando él termine contigo —comentó
Henri con desprecio.
Ella siguió hablando.
—Hará que unte mi cuerpo con aceite y me obligará a
bailar las danzas gitanas que aprendí de niña. Bailaré a la luz
del fuego para él, sin otra prenda que un fino camisoncito de
seda. Seda roja. Él… él prefiere el color rojo. Me lo ha dicho.
Grey agarró con fuerza la cadena, sobrecogido por la
imagen de un cuerpo delgado y desnudo que se movía siguiendo
el ritmo, enmarcado por el dorado resplandor del
fuego. No era el único. A Henri, que sujetó los barrotes de la
puerta y presionó la cara entre ellos para acercarse más, se le
hacía agua la boca.
Annique, cuyos ojos miraban al suelo, se balanceó
como si su cuerpo ya siguiera el ritmo ondulante de la danza
sensual que acababa de describir.
—Despegaré la seda de color carmesí de mi cuerpo y lo
acariciaré con ella. Notará la seda cálida y húmeda por el calor
que genera la danza, por mi calor… —Su mano izquierda acarició
la parte inferior de su cuerpo, de un modo íntimo.
A Grey le dolía el cuerpo después de recibir una docena
de palizas, la sed lo atormentaba cada segundo y sabía exactamente
lo que ella estaba haciendo. Aun así sintió una excitación
enorme. Señor, ella era buena en eso.
Ella continuó con voz ronca, como si estuviera soñando.
—Se tumbará en mi cama y me llamará para que vaya
hacia él. Al principio solo querrá que lo toque, luego que lo
bese, allí donde él me indique. Como ves, no tendré otra
opción excepto hacer lo que él me ordene.
Henri intentaba abrir el candado de forma torpe y ruidosa.
Si el francés estaba la mitad de excitado que Grey por la
pequeña farsa de Annique, sería un milagro que al final lograse
abrir la puerta.
La puerta se abrió con un golpe ruidoso contra la pared
de piedra.
—No debes entrar aquí, Henri —dijo ella suavemente,
sin moverse—, ni tocarme de ninguna manera sin el permiso
de Leblanc.
—Al cuerno con Leblanc —Henri apagó el farol y la
acorraló contra la mesa. Sus puños se aferraron a su falda y tiraron
de ella para arriba. Sujetó con fuerza la tela blanca de su
combinación que tenía debajo.
—No deberías… no debes… —Ella luchó, empujando
sus manos de manera fútil, con la escasa fuerza de un pajarillo
atrapado.
—No —Grey se lanzó hacia Henri pero se quedó corto
por culpa de su correa de hierro. El círculo de dolor en la muñeca
la hizo regresar a la realidad. No podía llegar hasta ella,
no podía luchar con Henri por ella. No había una sola maldita
cosa que pudiera hacer, excepto mirar.
—No… —El brazo que ella agitaba en el aire golpeó el
farol, que cayó al suelo. La oscuridad reinó de inmediato y de
forma absoluta.
—Zorra estúpida —gruñó Henri—. Tú…
Se escuchó el leve sonido de un golpe dado con fuerza.
Henri gritó de dolor. Se oyeron más golpes, uno, dos y tres.
La mesa se movió con un chirrido hacia un lado y algo grande
y blando cayó.
No se percibía ningún movimiento. Grey escuchó
cómo Annique respiraba con dificultad: esos sonidos suaves, con
jadeos de contralto, eran definitivamente suyos.
Lo había planeado. Ella lo había planeado todo. Se agachó,
tenso como una cuerda estirada y fue consciente de lo
bien que ella lo engañó. Lo había planeado todo, desde el inicio
hasta el final. Los había manipulado a los dos con esa
maldita actuación suya.
Se produjo un silencio prolongado, roto de vez en
cuando por el intrigante ruido de cosas que crujían y los gruñidos
de Annique. Sus pasos, cuando caminó hacia él, eran seguros
y sin vacilaciones. Avanzó en línea recta, cruzando la celda
como si el lugar no estuviera tan oscuro como una tumba.
—¿Qué ha hecho con Henri? —Pensó que realmente
no había tenido duda alguna sobre lo sucedido en ningún
momento.
—He golpeado su cabeza con una media llena de piedras
—Daba la impresión que ella estaba dándole vueltas al
asunto mientras se sentó en el suelo a su lado—. Al menos estoy
casi segura de que le he dado en la cabeza una vez. Lo he
golpeado en muchos sitios. De cualquier modo, está callado.
—¿Muerto?
—Respira. Pero nunca se puede estar seguro con las
heridas en la cabeza. Quizás tenga que explicar otra situación
complicada a Dios cuando me toque estar delante del umbral
de su puerta, lo que, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado,
puede suceder en cualquier momento. Espero no haberlo
matado, del todo, aunque sin duda se lo merecía. Dejaré esa tarea
a otra persona y otro día. Hay mucha gente que disfrutaría
matándolo. Ahora mismo se me ocurren varias docenas
de personas.
Ella lo desconcertaba. Había crueldad en su tono pero se
trataba de una dureza alegre, limpia como la brisa fresca. No podía
percibir ni un atisbo de esa maldad que había asesinado a
esos hombres a sangre fría, en una emboscada. Tenía que recordase
a sí mismo todo el tiempo lo que esta mujer era realmente.
—Ha hecho algo más que golpearle la cabeza. ¿Qué ha
hecho después de eso?
—¿Desea el informe completo? —Parecía divertida—.
Está claro que es un maestro de espías, tengo entendido que inglés.
Nadie formula ese tipo de preguntas con tanta calma,
como si fuera su derecho saber. Muy bien, le presentaré mi
informe completo. He atado a Henri y robé su dinero. Tenía un
paquete de documentos interesantes en un bolsillo que él quizás
pensaba que era secreto. Puede quedárselos si quiere. Yo ya
no estoy en el negocio de recoger documentos secretos.
Le dio una suave palmadita.
—También he encontrado un alfiler de corbata muy
útil y si levanta ese precioso grillete de hierro hacia aquí… Sí,
justo así. Ahora quédese quieto. No soy pescadera, así que no
puedo filetear este absurdo candado si sigue moviéndose de
un lado a otro. Hará que me arrepienta de ser noble y salvar
su vida si no se comporta de manera sensata.
—Estoy a su disposición —Ofreció el grillete que tenía
en la muñeca. Al mismo tiempo alargó la mano y tocó sus cabellos,
listo para sujetarlos si ella intentaba escapar sin liberarlo.
Ella se había puesto al alcance de sus manos. Se trataba
de un hombre que era el doble de grande y fuerte que ella y
además era un enemigo. Annique tenía que saber el efecto
que causaba en un hombre todo ese movimiento y esos susurros.
La venganza, la ira y la lujuria se agitaban en su interior
como hierro fundido. Lo sorprendente era que no atravesase
su piel y prendiese fuego a esos cabellos tan suaves.
—Bien, avanzamos —dijo en la oscuridad—, este candado
no es tan complicado como parece. Estamos llegando a
un acuerdo.
Se acercó un poco más y movió el grillete para cambiar
el ángulo, rozando su cuerpo contra el muslo de él. Con cada
contacto accidental, sentía cómo aumentaba la presión sanguínea
y la incomodidad en su entrepierna. En lo único en lo
que podía pensar era en su dulce voz diciendo «untaré mi
cuerpo con aceite y bailaré a la luz del fuego». Él no era
Henri. No iba a tocarla. Pero ahora era el turno de averiguar
cómo iba a sacar esa imagen de su mente.
—Y… ya está hecho —El candado cayó abierto.
Había hecho que pareciera sencillo pero no lo era. Él se
frotó la muñeca.
—Le doy las gracias.
Se puso en pie y se estiró por completo, aceptando de
buen grado el dolor de los espasmos musculares al moverse.
Libre. Lo inundó una sensación de júbilo salvaje. Era libre.
Cerró y abrió los puños, disfrutando de la oleada de poder que
sacudía su cuerpo. Sentía como si pudiera destrozar esa pared
de piedra tan solo con las manos. La celda estaba tan oscura
como la boca del infierno y se encontraban a más de seis metros
bajo tierra, debajo de la fortaleza de la policía secreta
francesa. Pero la puerta estaba abierta. Él podía sacarlos de
ahí, a Adrian y a esta mujer increíble y traicionera, o podía
morir intentándolo. Si no lograban escapar, sería mejor para
los tres morir en el intento.
Mientras la mujer se esforzaba en abrir el candado de
Adrian, él tanteó su camino al cruzar la celda para llegar hasta
donde estaba Henri, que, tal y como había dicho ella, seguía
respirando. El francés estaba atado, de manos y pies, con sus
medias y ella lo había amordazado con su propia corbata. Una
mujer minuciosa. Comprobar las ataduras era un ejercicio
académico. En efecto existía un bolsillo secreto en la chaqueta.
Se hizo con los documentos, luego bajó los pantalones de
Henri hasta sus tobillos, dejándolo medio desnudo.
—¿Qué es lo que está haciendo? —Ella escuchó cómo
él movía a Henri—. Me siento curiosa esta noche.
—Doy a Henri algo de que hablar con Leblanc la próxima
vez que se vean —Podía ganar unos diez minutos mientras
Henri explicaba sus planes con la chica—. Es posible que
acabe por arrepentirme de dejarlo con vida.
—Si tenemos mucha suerte, tendrá la posibilidad de
arrepentirse —Oyó un sonido metálico final, pequeño y decisivo—.
Eso ha sido el candado de su amigo Adrian al abrirse.
No puede caminar desde aquí, ya lo sabe.
—Yo cargaré con él. ¿Tiene algún plan para salir de
este château con un hombre inconsciente, sin armas y con la
mitad de la policía secreta de Francia en el piso de arriba?
—Por supuesto. Pero no vamos a hablar sobre eso
aquí. Traiga a su amigo y venga, por favor, si le interesa seguir
con vida.
Pasó un brazo por debajo del hombro sano de Adrian y
tiró de él hacia arriba. El chico no podía estar de pie sin ayuda,
pero era capaz de caminar si lo sujetaban. Estaba conversando
con personas invisibles en una multitud de idiomas.
—No te mueras ahora, Cazador de Halcones —dijo
él—, no te atrevas a morirte.
Friday, July 10, 2009
A Spanish Excerpt from Spymaster's Lady
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Jo Bourne
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6:28 PM
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Labels: philosophizing, Spymaster's Lady
Wednesday, July 01, 2009
Book Signing -- Washington DC, July 15
I will be at the RWA Literacy Signing
in Washington , D.C.
on July 15,
Wednesday,
from 5:30 to 7:30,
at the Marriott Wardman Park Hotel.
That is right next to the Woodley Park/Zoo Metro.
The Literacy Signing is a wonderful cause.
Publishers donate their books to sell for the support of literacy programs.
My books are donated by Berkley Sensation/Penguin.
This year, the money goes to support ProLiteracy Worldwide.
Their website is here.
Some of the writers signing their latest books --
Shana Abe
Ann Aguirre
Victoria Alexander
Jo Beverley
Mary Blayney
Stephanie Bond
Celeste Bradley
Anna Campbell
Nicola Cornick 
Jenny Crusie
Victoria Dahl
Claudia Dain
Jacquie D'Alessandro
Tessa Dare
Meredith Duran
Suzanne Enoch
Gaelen Foley
Susan Gable
Jenny Gardiner
Anne Gracie
Laura Lee Guhrke
Linda Howard
Elizabeth Hoyt
Madeline Hunter
Eloisa James
Sabrina Jeffries
Carolyn Jewel
Jayne Ann Krentz
Susan Krinard
Gennita Low
Donna MacMeans
Delilah Marvelle
Cathy Maxwell
Brenda Novak
Susan Elizabeth Phillips
Andrea Pickens
Mary Jo Putney
Julia Quinn
Deanna Raybourn
Patricia Rice
Nora Roberts
Pam Rosenthal
Anne Stuart
Sherry Thomas
J.R. Ward
Christine Wells
Lauren Willig
C.L. Wilson
That's only a few of them. .
(Print the list out. Drop by those wonderful authors.)
The whole list is here.
If you have my books, come by anyway and say hello.
I will give you a bookplate for the books you already own, that I haven't signed.
Here's two of the bookplates in this post.
They're really pretty in person.
Oh. Oh. That second picture there. The girl. That's what Maggie looks like.
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Jo Bourne
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8:53 AM
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Labels: Maggie, Selling and publication
RITA: The Interview
I'm getting more and more excited about the upcoming RWA National Conference.
The RITA awards.
I'm nominated.
Did I mention that?
(. . .more than about fifty thousand times?)
I did an interview on getting nominated for the RITA a while back, for my local chapter of RWA.
I'm reprinting it here, which is quick to do and will not prevent me from a hard morning of work on the manuscript of MAGGIE.
Leah: So. Why did you enter the contest?
Jo: The RITA? Oh, the RITA is the big time for all of us. I think every Romance writer dreams of entering the RITA.
Leah: What do you hope to achieve from being named a finalist and possible winner?
Jo: RITA finalists seem to get a good bit of publicity at the National Conference. Some folks, when they're looking for a good read, leaf through the RITA Finalists.
I've seen it on book covers -- 'RITA Finalist'. I gotta tell you, that looks good. Not as good as 'New York Times Bestseller' --- but pretty good.
Leah: Did you celebrate the notification of being a finalist in any particular way?
Jo: My husband took me out to lunch. A place with tablecloths.
It's sort of a funny story. I got an e-mail telling me about the RITA nomination for Spymaster's Lady in the morning.
"Oh, yipeee!!!" yips I, bouncing about the room.
I will admit, I spent a moment regretting not getting the nom for My Lord and Spymaster, which is a book dear to my heart and nobody likes it as much as Spymaster's Lady and I feel protective.
But I said to myself, "Do not be greedy," and I did not repine.
Then we came back from lunch and I opened up the e-mail and there was the nom for My Lord and Spymaster.
I was knocked over and amazed and excited by the first nom. You can imagine how I felt about getting two.
My agent sent me the most beautiful bouquet of flowers. Oh my. Lovely.
Leah: What are your impressions of the competition? How does it differ from other contests you've entered (in terms of process, format)?
Jo: I don't think I've entered any other RWA Contests. I'm not much of a contest person, generally.
Entering the RITA isn't terribly complicated. You fill out a form online. That's straightforward.
The publisher was kind enough to send the books and pay the entry fee for me, so that part was dead easy.
When the Finalist nomination comes in, there's a flurry and a deadline and it all takes you by surprise. You have to get yet more books to RWA in Texas -- again, the publisher does that for you.
And you have to supply a publicity photo, (which I didn't have. I had my picture taken. This is an utterly daunting process,) and you have to dig up the 300 dpi files of your cover which have winkled themselves into a back corner of the computer.
This all has to be done in a mad rush.
You also have to buy a fancy dress, unless you are one of those folks who has a long black formal dress hanging in her closet at all times. There's another daunting prospect. Buying clothes.
Then all is serene sailing till you get to the National Conference. There, mysteries are performed and secret rites are held of which I know nothing. One may be sworn to secrecy at some point.
Leah: Will you be attending Nationals in D.C.? How will you celebrate if you are named winner?
Jo: I will be at National. There's a reception afterwards which is pretty celebratory. I'll be going to it to congratulate people in any case.
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Jo Bourne
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8:29 AM
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Wednesday, June 24, 2009
Technical Topics -- Secondary Character POV
I posted this over on Absolute Write in response to a question about when to go into the POV of a secondary character.
Being thrifty, I'll post it here too.
************
Going into the POV of a secondary character --
There are no 'rules'
(--that should be in neon somewhere--)
but you should have a good reason for going into a secondary character's head.
The good reason should be something more than just ...
-- this is an easy way to tell the reader where the cookies are hidden, or
-- neither of my POV characters are in this scene but I want to write it anyhow.
You might consider Omniscient Narrator in those cases. Or write around the problem.
I go into secondary characters' heads three times in two books.
(I think that's all.)
In two cases, this is a single excursion into their heads.
In none of the three cases does this POV choice
-- solve a plot problem or
-- convey information to the reader or
-- put us in a necessary scene we would otherwise find hard to enter.
I go into the secondary heads
to show something important about the secondary character and the way he sees the world.
In two cases, I want to put the reader 'outside' the main protagonists at a particular moment for complex reasons having to do with how the reader is emotionally connecting with the ongoing story.
When I went into the secondary POV, it was because this gave
(a) a refuge from involvement with the two protags,
(b) a new coign of vantage, and
(c) an insight into the minor character.
***************
Talking about two scenes here ...
First Scene:
The scene where Galba plays chess with Annique is an example of using secondary character POV as a refuge from the two protags.
How secondary is Galba?
Galba is sooooo secondary! He is so bloody secondary he could get a medal for it. Galba appears on stage only a half dozen times, all in the last quarter of the book. If you look at him objectively, he doesn't actually do anything.
So, leaving aside Galba's insight into Annique, which is fine and wise and all that, his POV scene is not to talk about any of the characters. It's what you might call constituent. It's there to serve a structural purpose.
Look where I've put his scene.
We got a big scene of Annique betrayed, on every level, by those she loved and trusted.
Ouch. ouchouchouchouchouch.
Grey has to watch her hurt and he can't do anything about it.
Ouch again.
Now we want to get on with action of the story because there's not much more to say about that emotional topic right there and, anyhow, the world hasn't stopped even though Annique is in pain.
But we don't have to skip directly from
Annique- (or Grey-) POV-in-pain to
Annique- (or Grey-) POV-getting-on-with-life
So we put in a Galba-POV to give a buffer and 'tell about' the transition period.
If I were a better writer I'd have put in a riveting scene of Annique's acceptance and recovery instead.
But I'm not. (pooh)
We could do the same buffering with a good long passage of description or something in Omniscient Narrator. But I like Galba and I'm glad to have a chance to crawl into his head.
Ok.
Second Scene:
Look where I gave us a scene of Adrian POV.
He is almost a third protag. Now contrary to what you might think, this does not make me want to fill the story up with his POV. He diverts attention from the H&H, which is not good.
So we keep his little POV scene short and simple.
This is Adrian swimming out to the smugglers' boat.
How is this constituent?
That scene falls at that halfway division in the story where everybody's crossing the Channel.
(I mean, just everybody.)
The Adrian-POV scene is a buffer between Annique's emotional experience on one side of the Channel and the other. It's there for structural reasons.
Anyhow ....
speaking generally,
what we have in those two scenes above is what I consider a good reason for switching into secondary-character POV or Omniscient Narrator POV.
Not so we can reveal information.
Not because it's the only way we can talk about this scene.
But for structure and pacing.
This 'secondary POV-ing' is a technique that lifts you out of the protags' emotional journey and forms a buffer when you're transitioning from one emotional place to another and you, like, don't want to do it too fast.
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Jo Bourne
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12:36 PM
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Labels: ADRIAN, Spymaster's Lady, Technical Topics, The Process of Writing
Fair Warning
Things will be quiet on the blog of the next six weeks.
The MAGGIE manuscript is due on August 1. I'm hunkered down at my desk, writing and proofing frantically. Later in August, when the trauma is past, I'll poke my head out again and do some useful and lengthy, (or at least lengthy,) posting.
Next big event is the RWA National, July 15 to 18. I'm nominated for two RITAs. Win lose or draw, this is going to be exciting.
I don't think you can actually tie in a RITA. There's probably a good reason for this.
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Jo Bourne
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11:37 AM
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Labels: Drafting and Plotting, philosophizing
MLAS detail
Wonderful reader Eva writes to ask ..
haven't found anything to help me understand how Grey & Adrian were captured and put in that French prison with Annique. I feel like it was something with Adrian's injury but I'm not sure why I believe that. I think I just get so lost in the story I forget to look for those missing pieces of information. Is it written somewhere?
Ah. Here we have wandered out of Annique's story and into the edges of Adrian's story.
In the weeks before Spymaster's Lady opens, Adrian is on assignment as the key element of a large operation. It's an important op indeed, since Grey is in France, in person, directing, and ready to pull Adrian out if it all goes south.
Spying his merry way through the operation, Adrian has the misfortune to run into an old adversary. Old adversary, old friend, old lover, old rival ... anyhow, she knows him very well.
It's just bad luck she's there. Sometimes, on an operation, you run into bad luck.
Covers are blown. Carefully laid plans go awry. Plots unravel. Adrian gets shot when he's naked in bed with his old lover.
She shoots him. Talk about your wake-up calls.
Our lad is out the window, grabbing his clothes on the way.
Adrian's done this much . . . the op can be salvaged. Grey and Doyle step in to do that. But Adrian's on the streets, running.
When Grey goes to scoop him up, they're both captured.
This all happens outside the bounds of Spymaster's Lady, though. We catch only the merest whiff of it there.
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Jo Bourne
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11:01 AM
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Labels: ADRIAN, Spymaster's Lady, The Spymaster fictive universe
Wednesday, June 03, 2009
Plotting . . . plotting . . . plotting . . .
Sometimes, it's just one plot problem after another. You fix one, and another pops up.
Kinda like . . . this.
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5:58 PM
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Labels: Drafting and Plotting
Monday, June 01, 2009
Spanish Spymaster
Spanish . . . Spanish . . . I am in Spanish.
¿Usted habla español? ¿Usted sabe alguien que habla español?
This is your chance.
Cool cover, isn't it?
I really like 'Annique in red silk'.
Babelfish says this title means 'Disarmed by a Dance'.
Ok.
They call Grey ... El jefe de los espías británicos. Isn't that wonderful? I will now think of Grey as El Jefe.
So far, this one wins the limited but fierce competition for 'Least Clothing Per Person on a Joanna Bourne Cover'.
I think Desarmado Por Un Bale goes for sale on June 15th.
I hope to someday hold this in my hands so I can figure out what all that stuff down along the bottom and in the lower right hand corner is. That circle stuff. Some city ...?
Now this cover is not just quite exactly how I think of Grey. It looks a bit like Leonardo DiCaprio in Titanic.
But it is just beautifully composed, isn't it?
ETA -- In the comment trail it is pointed out that the cover figure appears on another book. There, it can be discerned that the mysterious circle is part of the dancing costume. Mystery solved. I am so pleased.
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Jo Bourne
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4:35 PM
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Wednesday, May 20, 2009
Spymaster's Lady in Russian

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Technical Topics -- Beginnings
Let's say you have finished a good rough draft of the manuscript,
(Yipee!)
and you come back to look at the beginning,
and you don't know whether it's any good.
How do you judge a beginning?
You can do something like this here below.
This is just a starting point for thinking about your plot, but it has the merit of being both specific and brief.
1) Pick up the first three pages only.
-- Do these first three pages put you in an interesting place?
-- Does something happen?
-- Does that action give rise to what is going to happen in at least one scene after page fifty?
-- Do we connect with at least one character and her problems?
-- Do we understand who she is and what she wants?
2) Set the first three chapters to one side,
(over there on the edge of your desk,)
and look at the beginning of Chapter Four.
-- What action takes place before this point that is wholly necessary to tell your story?
-- Could you just as easily start the story here?
No, really.
Could you start the story right here and it would all be understandable and the plot would work just fine?
3) Slip a paperclip onto page 10, page 23, page 37 and page 48.
Read the story quickly, from the beginning.
When you get to the bottom of a paperclipped page, set it down and ask yourself:
--What intriguing question fills your mind right now?
-- Is that question so enticing that you must pick that manuscript up and read on?
4) Take out two colors of highlighter.
Yellow and fuschia maybe.
You're going to go through the first four chapters.
Use yellow to mark a line along
-- dialog, (with the exception of someone explaining and telling stuff,)
-- dialog tags,
-- a character thinking about something or someone they can see right in front of them,
-- an action that is happening onstage right now,
-- the POV character smelling, touching, tasting or hearing something,
-- the description of something the POV character can see.
Use fuschia to mark a long line along
-- anything that happened in the past,
-- a character thinking about something that is not immediately in front of her,
-- the description of something the POV character cannot see,
-- anything related to a character who is not present,
-- one person explaining anything at all to the other person,
-- one person telling the other person what happened somewhere else.
Do you have lots and lots of yellow?
Maybe 80% yellow?
That is the here-and-now of your story.
If the reader is not in the midst of the here-and-now of your story . . .
where is she?
5) Finally, just read the first five chapters.
Do you care about these people?
Do you see them headed somewhere?
It is an interesting exercise to go through this with authors you enjoy.
Pick up one of Nora Roberts' books that you've somehow managed to acquire in duplicate. Limber up your yellow marker.
It is instructive to see a master at work.
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Jo Bourne
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7:41 AM
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Tuesday, May 12, 2009
Technical Topics -- Words, Words, Words in MLAS
Here are some fine and careful points of word usage from My Lord and Spymaster, brought to you by the excellent Franzeca Drouin.
Franzeca, who knows everything about words, pretty much, and helps authors out when they're using them kinda careless like, lives at her website here.
And a very interesting website it is.
Drop by and look through her 'sources' if you're doing research anywhere in the period.
Leesee
We open on Page 2 with the perplexing matter of finicky.
The passage is: Pretty soon there'd be nobody in the street but her and that cat picking his way, finicky, across the cobbles. He had errands to run, that cat. You could tell by looking at him.
Franzeca points out that OED dates 'finicky' to 1825, with a note that it's mostly US. Googlebooks lets us find 'finicky' in print as early as 1819.
This is, unfortunately, seven years after the date of MLAS.
What folks would have said in C18 was 'finicking'. Fielding, for instance, says, "I have none of the cant of your fine finicking London chaps."
C19 saw the introduction of 'finicky' as an alternative. This robust variant eventually replaced 'fincking',
for which I am sure we are all grateful.
By the last half of C19, 'finicky' and 'finicking' are about equally common.
I looked at the two possibilities and dithered a second or two and chose finicky.
I'm accepting this word into my period vocabulary under my 'One Decade Rule'
What I figure is, slang and idiomatic usage didn't go just galloping into print in early C19. Respectable people disapproved of informal usage.
I'm allowing the lapse of a decade between idiom on the streets and appearance in print. Longer than that if the idiom is vulgar.
Americanisms aren't at all unlikely for my heroine. Jess dealt with Yankee merchants all the time.
As a sidebar --- Why 'finicky'?
'Finicking' sounds ye-olde-C18 to my modern ears. Sounds niffy-naffy. It's not the way my Jess would talk. I want the blunter 'finicky' to build her voice.
When I picked 'finicky' I knew I was dealing with a fairly new C19 word, but I admit I hadn't realized 1812 was cutting it quite so close.
Moving on to Page 6 of MLAS, we get 'caper'.
The passage is: Back when she engaging in criminal acts with some regularity she'd have called this a right pig of a caper.
'Caper', meaning a dodge or scam, dates in writing to 1839.
I comment on this here.
You saw the 'One Decade Rule' above?
I'd argue that thieves cant entered the written record long after the date it was actually used. In early C19 we have only a couple few 'dictionaries' that preserved a mere scant few hundred words of what must have been a wide and rich vocabulary. Almost certainly, any bit of the argot that made it into these dictionaries was old, old, old in the slums.
This is my 'Trash Talk Rule'.
I'm going to stake out the ground for yet another quibbling excuse. The 'Perfect Word' excuse.
Some technical jargon is just so simple and exact and irreplaceable and there is NO period equivalent so I take an aspirin and grit my teeth and use it.
Coming to page 6. Standby.
The passage is: She'd tried bribes, threats, blackmail--all the old standbys.
As Franzeca says, 'standby' depends on exact usage of standby; someone available to render assistance, 1801; a support or resource, 1861.
Ok. I was wrong. Wrong. Wrong!
Because I am using it in the 'support or resource' sense.
I suppose . . . this might be an independent early metaphoric usage.
Can I say that? Huh? Huh? Independent invention of the metaphor?
Now we come to a real zinger.
Ouch.
Page 20. 'black out'
The passage is: "Don't be stupid. Hurts everywhere." She decided to black out for a while. Her eyes slid shut and she went limp.
Franzeca dates 'black out' in the sense of 'to temporarily lose consciousness,' to 1940.
Arrrggghhh.
I should have known this. And it doesn't even sound period. It sounds C20.
I was just wrong.
Wrong, wrong, wrong, wrong, wrong.
Mea culpa.
Page 40. 'unconscious'
The passage is: Damn. Was he really thinking that way about an unconscious woman?
Franzeca points out that 'unconscious' is old as meaning unaware. As a medical term indicating loss of consciousness, it dates only to 1860.
I didn't know.
Having bloopered this way, I would do this again. In fact, I probably will. My characters will continue to fall 'unconscious' right and left in future manuscripts, rather than faint or swoon or something.
I'm pulling out the 'Perfect Word' rule on this one.
This is another of those technical jargon words that are exact and clear and simple and don't have a robust period equivalent.
A really careful writer wouldn't use 'unconscious'. I'm going to be less careful and accurate. I assume the karmic burden of this.
Franzeca says ... "Page 42: and elsewhere 'Cockney' you capitalize, which seems correct to me, as a noun and adjective of ethnic origin. Mostly not capitalized in OED, and it doesn’t look right. Harrumph."
Well, I feel good about capitalizing.
Presumably a word that starts out as a proper name eventually gets tired of maintaining a capital letter and just sinks into small letters in exhaustion.
We will not encourage this slackness. One must have some standards.
Page 58: Borneo in OED, 1876; first treaty involving the island of Borneo and Britain, 1824. Because of political and administrative districts on Borneo, might not be referred to as island title, but political titles. Jess’s knowledge of shipping would make her more aware of this arcane information."
I love obscure and arcane. Certainly Jess would know the name of every island in the Pacific that exported anything and all its political nitpickery.
I figger, here, she just meant the island itself and that's what it was called.
For 'Borneo' as an exotic tropical island destination, see the map of 1683 here.
And Page 77, Do you mean 'strolled' or 'trolled'?
The passage is: If the Captain was Cinq, he probably strolled through Quentin's papers with great regularity. A man as careless as Quentin was just an incitement to treason.
My Jess is being metaphoric. Well, she'd be metaphoric in both cases, but in this case she's being metaphoric with 'strolled'.
And finally, we come to page 96.
'charcoal' as a color, "charcoal grey", 1952.
The passsage is: What does one wear to ransack a warehouse? Black, I think, and the charcoal waistcoat. Tasteful, yet understated."
Phooey. I'm going to decree that Adrian's not using 'charcoal' as a color in the sense of 'green', 'blue' or 'red'. He's being metaphoric, the way he might talk about the 'snuff' driving coat or the 'coffee-and-cream' jacket or the 'claret' waistcoat.
He's making a direct trip from the colored object to the metaphoric destination without a single brief stop in the artists' pallet.
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Sunday, May 10, 2009
Happy Mothers Day
I do love holidays.
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Good Books of 2008
I posted this interview on the Book Smugglers website last December.
Thought I'd repost here, just to improve the world a bit by saying 'this is good,' and 'I liked this,' one more time.
My Favorite 2008 Reads
Let me start out with three great RITA winners and a Finalist. They blew my socks off.
Madeleine Hunter, Lessons of Desire.
I always love her work. Dense. Enticing. Sensual. A rare pleasure.
Deanna Raybourn, Silent in the Grave.
A new-to-me writer. Historical mystery. I love the complex, intelligent interaction between H&H. I have her next book, Silent in the Sanctuary, on my TBR shelf.
Julia Quinn, The Secret Diaries of Miss Miranda Cheever.
I spend my whole time chuckling when I read Quinn. You just fall into the delight.
Anna Campbell, Claiming the Courtesan.
(I loved Untouched, too.) High-stakes H&H interaction. Intense writing. Compelling.
Leesee … who else?
Strangers in Death, by JD Robb.
With the In-Death series … it’s like you got a box of milk-chocolate-covered nuts. You know they’re all going to be good. (Even the Brazil nut, which is one of those odd, semi-edible things where you ask yourself, ‘What was God thinking?’)
Anyhow, if we’re doing this chocolates simile . . . Strangers is when you pick the piece of candy out and it’s almonds and almonds are your favorites.
His Captive Lady by Anne Gracie.
I just finished this one last week. Lovely writing. Gotta love that Gracie.
Private Arrangements by Sherry Thomas.
She took a whole bunch of writerly risks. It all works. Character driven by unusual characters.
Simply Magic by Mary Balogh.
Intelligent Romance, as always. I find her characters appealing on so many levels. I always think I’d like to know them.
Your Scandalous Ways by Loretta Chase.
Spies. Venice. Intrigue. Hero and Heroine conflict. Loretta Chase. What more could one possibly ask?
His Dark and Dangerous Ways by Edith Layton.
One of my long-time favorite authors. I was looking forward to this one. Multi-layer and realistic characters.
It must have been the year for using 'Ways' in titles.
Oh, let me mention a really nifty anthology –
It Happened One Night. This is Stephanie Laurens, Mary Balogh, Jacquie D’alessandro, and Candice Hern.
They rounded up a whole bunch of my favorite authors and put ‘em all in one book.I mean … What are the odds?
I’ve left off scads of great 2008 books because they are sitting three deep and densely packed in the TBR shelf. I haven’t had time to READ them.
My TBR shelf is like …
You know how your refrigerator whispers about the piece of pumpkin pie you got on the bottom shelf (… pie …pie … pie …pie …) every time you walk by and you gotta go tiptoeing off real fast with your hands over your ears … (Lah la la la lah)
My TBR shelf is like that.
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Friday, May 01, 2009

I got no work done today.
I sat in Starbucks and drank two huge lattes and looked at the scene where my villain beats up the hero,
(my villain is named Guichet right now, but that's not going to last because 'guichet' means like, that booth in the Metro where you buy tickets. I have no idea why I'm calling him that.)
and I couldn't work on it.
I sat there and did nothing.
Nothing, nothing, nothing, nothing.
So I came home and planted German iris and yellow tulips and azaleas that are this absolutely beautiful soft pink and dahlias and phlox.
Then I came inside and painted my toenails.
Pink.
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Saturday, April 25, 2009
Novak Auction for Diabetes
Let me give everybody a heads up.
The Brenda Novak's On-line Auction for Diabetes Research will open May 1st and run through the month. here.
We got ourselves a traditional, cameo circa 1890, and a coral cross pendant, circa 1880.
Or, how about


Anyone who's reading one of the books d
oubtless wants to have a bookcover on it,
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Sunday, April 12, 2009
Amazon nitwittery
Amazon, in a burst of truly monumental nitwittery , has decided to protect you from exposure to 'deh gay'.
Now, when you go searching for books about gays on Amazon, you will not find them. Their Amazon rank has been removed. They are invisible.
Amazon will decide what you should and shouldn't read.
Don't you feel safe and protected? Discussion here .
Edited to add ...
Erotic books on Amazon continue to be deranked ....
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Friday, April 10, 2009
Back from the Retreat
I'm back from the G-Nom Writers Retreat.
Man, did I enjoy myself.

This time with Beth Shope.
Much Woot Woot.
Shall I kill somebody off right in the opening action? Or is this like kicking a puppy?
Sip.
I do kill people in Chapter Twelve.
Fresh fruit. Coffee.
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Thursday, April 09, 2009
A little list of C18 Blogs
Passing this along from the great C18 Woman List . . . a few excellent blogs maintained by C18 re-enactors:
http://18thccuisine.blogspot.com/
http://furtradeclerk.blogspot.com/
http://mrswoffington.blogspot.com/
http://recreatedelephant.blogspot.com/
http://slightly-obsessed.blogspot.com/
http://manskerman1780.blogspot.com/
http://woodsrunnersdiary.blogspot.com/
What we have here are great sources of nitty-gritty for anyone writing in, (or just interested in,) the Eighteenth Century.
A few more blogs of interest:
This one has lovely paintings of C18 women in America.
http://b-womeninamericanhistory18.blogspot.com/
This one sells reproductive C18 stuff. Has pictures.
http://www.jastown.com/
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Monday, April 06, 2009
DA BWAHA -- Oh Rats
I didn't win the DA BWAHA.
Heck.
There were close to 1100 votes. The final scores were 12 votes apart. This is just a tremendous showing for Spymaster's Lady.
Thank you all for your votes and your support. A cool and wonderful tournament.
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Jo Bourne
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